Llegar a Tokyo





Después de siete agradables días en un pueblo costero de Japón, del que en occidente no todo el mundo se entera, llegó el momento de ir a Tokyo… del otro lado de la isla y totalmente diferente.

Los señores Okada nos llevaron a la estación del tren de Amanohashidate, el señor Okada puso mucho énfasis en que la estación de Amanohashidate hay más tiendas de souvenirs, eventualmente hablaré de lo que aprendí acerca de los souvenirs en Japón. Hoy no.

Pues bien, como traía el Japan Rail pass, me cobraron como niño, porque un tramo era en vía privada. Tomé el tren y todo iba bien, yo con mi lunch un oniguiri de atún y una botella de té verde, realmente no necesitas más.

Cuando llegué a Fukuchiyama el tren se empezó a llenar, chinos hablando en inglés, y de verdad se sentían gringos ¿porqué todo el mundo y al parecer en todo el mundo aspira a parecer gringos? Debe uno de los instrumentos del Destino Manifiesto.

Llegamos a Kyoto, ahí me despedí de Antonella, ella se quedaba en un hotel enfrente de la estación y a mí todavía me tocaba un viaje en Shinkansen de dos horas con destino a la ciudad con mayor densidad de población en el mundo. Como en esta ocasión ya estaba familiarizada con el sistema ferroviario japones me puse leer Dos crimenes hasta que se acabó, luego me dormí y desperté como por Shinagawa, hasta estoy considerando que si vuelvo a Japón buscaré hospedarme por ahí.

Cuando llegué a Tokyo eran las 7:30 de la noche y ya estaba oscuro. Salí con mi mapita de google maps a buscar el Kyobachi fresa inn, afortunadamente para mí en Tokyo si hablan inglés y en general los Japoneses son muy amables. Me dieron indicaciones, muchas incluían Starbucks. No sé como fue que acabé en Ginza y un policía me dijo que era para el otro lado, creo que no hubiera estado tan desesperante toda la perdida de no ser porque iba arrastrando mi pobre maleta y una bolsa que se volteaba y mi back pack con los hombros quemados de la playa.

Por fin di con el Fresa Inn, en una esquina en una calle angosta, con maquinas de refrescos, no sé, si hubiera sido esa calle en México me hubiera dado el ataque, era como el típico callejón oscuro donde te asaltan, pero en Japón… bueno en Japón no, una calle cualquiera.

Entré y sonaba musiquita como de cuanto de hadas, como transmitiendo una sensación de paz de “Vengo de la calle, pero aquí adentro se descansa” haces corto circuito por un momento, nada más falta que salga Tinkerbell y te de la llave al cuarto.

Llegué al front dest la musica sonaba más fuerte, pero había aire acondicionado y entonces ahora te daba paz. Pagué y me dieron una bolsita de amenities para niñas: una diadema, una liga, desmaquillante, jabón, crema humectante, sales de baño.

Bueno, así se llega a Tokyo, en un shinkansen que te deja en Tokyo station.

 

 

 

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