La odisea por el Café

De esas mañanas encharcadas que no sabes a que hora llovió, o si sólo se detuvo por un rato. Iba caminando en sentido contrario al metro para cumplir con mi misión, casi mensual; comprar el café de la oficina. ¿porqué yo? pues porque me queda cerca.

Los charcos grises, y yo miraba mis botas que no e hubieran llenado de lodo. Amaneció mojado, nublado y helado. Casi no había gente en la calle, supongo que por la hora. Había mucha paz,  a pesar de ser una avenida concurrida. El clima no inspiraba moverse lejos de la cama.

Por fin llegué a la esquina, la bola de oro, hoy no había indigente acostado en la entrada. La cafetería estaba llena, gente con sus bolsas de “La Espiga” se formaba por su café. Otros, sentados era como si esperaran algo. Una mesa llena de aspirantes a hipster que hablaban de conceptos filosóficos que ni ellos entendían.

Del otro lado del mostrador, molían mi pedido de café, sé que era el mio por la bolsa naranja que sacaron. El molino soltaba un olor dulzón, como esperas que a eso sepa la primera taza.

¿Porqué la gente siente que tiene que especializarse en el café? de un tiempo para acá parece moda, como usar bicicleta y comprar accesorios caros, como para que parezca que es enserio y que llevas años haciéndolo, cuando no. Desde hace siglos la gente bebe café, caliente, o frió, con azúcar, con leche, con leche clavel, frape o hielo, lo usan para calentarse o refrescarse, y despertarse, no era pose o moda, mucha gente en el mundo experimenta síndrome de abstinencia por la cafeína. La industria cafetalera ha estandarizado tantos los procesos para que llegues cómodamente a tu cafetera eléctrica y tengas café en menos de diez minutos y no estés fregando con cosas extrañas que sólo te incitan a comprar accesorios que en dos meses dejarás botados. La única preocupación real sea buscar una taza adecuada que hable de tu persona al verla.

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Acabado el ritual del café molido metí el kilo en mi mochila, con la esperanza de que dejara un olor similar al del coche de mi papá cuando transporta café y que el aroma le quedara impregnado a mis audífonos hasta la tarde.

Caminé al metro, más charcos, empezaba  aparecer más gente con bolsas de “La espiga”; hace tanto que no entro ahí, desde antes de la remodelación.

En el metro noté que mi libro de me olvidó en la casa. Iba particularmente lleno, digo para la hora y la linea se me hizo raro, quizá siempre va así de lleno, pero por ir leyendo no lo había notado, no lo sé.

Por fin llegué a la oficina con mi kilo de café para que me recibieran con ” Toño pensó que se te iba a olvidar ” siempre es lo mismo cada dos o tres semanas.

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