El mar de Amanohashidate





En general, la idea de la playa no me entusiasma mucho, mis únicas experiencias, hasta ese momento con la playa habían sido ronchas por la contaminación de Acapulco y una playa muy triste, nublada, con arena que parecía de construcción, en Veracruz. Pero el mar de Amanohashidate,no es malinchismo, lo juro, es otra cosa…

The sea at Amanohashidate de Jimena Aguilar Machado en 500px.com

 

 

Amanohashite beach de Jimena Aguilar Machado en 500px.com

 

Cuando llegué a Amanohashidate, había estado nublado, pero el clima se fue componiendo.   Tanto así que Antonella esperaba que antes de irnos podríamos ir a bañarnos al mar. El clima evolucionó, armamos las mochilas, pasamos al supermercado y compramos un par de bentos, botellas de té verde helado y caminamos al banco de arena, armamos el campamento y yo busqué una sombra donde sentarme, no sé nadar, y a estas alturas de mí vida dudo mucho aprender. En la regadera del hostal había que usar un jabón, un shampo y un acondicionador, marca “Pax naturon” nada recomendable, mi cabello era un desastre, pero por fin descubrí las famosas ondas playeras, efectivamente, el ambiente de agua salada deja diferente el cabello. El mar de Amanohashidate era azul, de un azul que nunca había visto, como de alguna joya cara.  No sé si era radioactivo, no creo, Fukushima es del otro lado de la isla.  Me senté en una roca, en paz, paz de esa que no se consigue fácil.  No puede haber nada mejor en esta vida que instalarse en una roca, con la arena en los pies, viendo un mar probablemente irrepetible, con las olas, escribiendo una historia, al fin entendí esa busqueda… el escenario perfecto. No sé si regrese alguna vez en mi vida a Amanohashidate, pero siempre lo recordaré. Ahora quiero conocer más lugares del mundo, aunque no hable el idioma y no todo el mundo entienda inglés.

 

 

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