El campamento de trabajo





El campamento de trabajo en Amanohashidate fue una experiencia de inmersión cultural que creo que el turista convencional no consigue tan fácilmente.

Llegamos al Youth hostel y lo primero que nos dieron fueron unos crocs para dentro de la casa. Los zapatos tenían que quedarse en unas repisas, algo cultural. Fuimos al comedor y nos presentamos, Antonella es alergica al gluten y había que resolver ese asunto. Yo en cambio puedo comer de todo y eso no sería un problema. La única complicación… mi nulo japones.

Los señores Okada nos indicaron que viviríamos en el cuarto numero nueve del lado de mujeres, al final del pasillo. Arrastramos nuestras maletas hasta la habitación, nuevamente había que quitarse los zapatos, el suelo era de tatami, eso fue impresionante, era algo que mis pies nunca antes habían sentido. No era una alfombra, pero era suave, pero firme, pero no tan firme, extraño. Elegí mi litera, una abajo junto a la ventana, eso porque no vi ventiladores y dije esto se va poner feo en la noche.

En el fondo me emocionó mucho la idea de dormir en un futón, pero… cuando te das cuenta que no puedes girar como en un colchón convencional, pues te vas desanimando, además 35°c y cobija de plumas… no es la mejor combinación, pero había que hacerlo, dormir como un japones tradicional. Digo si Naoko se estaba muriendo de tuberculosis en un futón, yo perfectamente sana debía ser capaz de dormir ahi.

Futon
Futon

El primer día de trabajo consistió en cambiar las fundas a los futones. Me parece que los señores Okada acaban de comprar fundas nuevas, todas uniformes y había que actualizar el hostal.

Pasamos la mañana volteando las fundas, acomodandando y aprendiendo a doblar adecuadamente un futón, nada que ver con los edredones de Ikea.

Digamos que acabar con los futones nos tomó un día y medio. Empezábamos a preguntarnos ¿cuando nos pondrían a cocinar?

Dejó de llover, cada vez hacía más calor. Ni parecía que se acercaba un tifón a Kyoto. Un día tocó aspirar la sala de estar y limpiar las ventanas de la sala de estar, ahí fue cuando concluimos que solamente haríamos el trabajo que ellos no tenían tiempo de hacer todo el tiempo y que no era indispensable. Era una preparación para la golden week que empezó el 20 de julio. Ese día si que se llenaba el hostal, comentó la señora Okada.

La rutina diaria era desayunar a las ocho de la mañana, a las 10 estar listas para que nos asignaran un trabajo, ejecutarlo hasta la una de la tarde, comer lunch, para eso nos dieron 500 yens diarios, descansar hasta las seis y cenar a las 7, si queríamos dormir después de eso eramos libres de.

Desayuno Japones
Desayuno Japones

Con mis broncas de ajustes de horario yo me levantaba a las seis de la mañana, me bañaba en la regadera estilo occidental, y era la primera, supongo que nadie tenía tantos problemas de horario como, de verdad que estaba lejos. Me vestía rogando al cielo que nadie entrara, porque el asunto del baño en Japón es bastante público. Llamaba a casa por whatsapp, resulta que mientras eran las 7 de la mañana en Japón, en México, centro, eran las cinco de la tarde del día anterior, Antonella bromeaba diciendo que viaje en el tiempo y además tenía la capacidad de llamar al pasado, para ella no eran 16 horas.

Había días que en el hostal no había gente, entonces los señores Okada no preparaban cena y nos llevaban con ellos a donde iban a cenar, esas partes fueron interesantes.

Yo creía que mi trabajo sería como el de Chihiro, que tendría que tomar una posición extraña para limpiar el tatami con un trapo, pero no, ahora se aspira y ni querían dejarnos hacer eso.

No tiene mucho que el campamento terminó, pero después de ver ese mar, de un azul que no logro identificar, calles con coladeras de metal decoradas que nadie se va robar, pienso ¿algún día volveré a Amanohashidate? ¿sabré llegar?

 

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