Café de la mañana

No soy una gran bebedora de café, de hecho soy pésima, le echo azúcar… eso debería decirlo todo. Lo bebo porque está ahí, me mira en la jarra y me dice “sabes que necesitas un extra” y sí, hay días que se necesita un extra, para poder picar ese botón de la computadora y no desplomarse un rato sobre el escritorio.

El café, la taza con diseños y el liquido de color oscuro hirviendo es parte del retrato de la vida diaria. Se ve en la cocina, una taza solitaria junto a un pan tostado a medio comer. O la jarra de la cafetera con su capacidad media invitando a beberlo, ahí en el silencio de la mañana. Un clásico.

Es parte de la cultura popular. La gente busca lugares donde lo vendan y tengan mesas y sillones  y tu taza pueda ser rellenada, mientras hablas, esas dosis son un pretexto para interacción humana.

Un día, leí en una National Geographic un especial acerca del café… venía de todo; sobre sus cantidades de cafeína, su efecto antioxidante, estudios practicados a consumidores… ahí aprendí que los bebés de madres consumidoras nacen con una pequeña adicción a la cafeína… nunca tuve una oportunidad.

Podría decirse que nadie se niega a una taza de café, nadie, absolutamente nadie, bueno quizá alguien con gastritis o algún desorden gastrointestinal de esos que son bien padres…

No sé que tiene el café, que cuando lo bebes en la mañana, te da una sensación como reconfortante, un cierto calor que te hace sentir mejor, como de que puede pasar cualquier cosa, y pasará, pero me daré cuenta de que está pasando, hasta que le de el último trago a mi vaso de cartón, taza, termo…

Eso debe explicar la necesidad de siempre tener café, osea, el café sería la bofetada que te vuelve a la realidad, de manera agradable.

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